A Pilar Fiuza se le iluminan los ojos cuando dice que es hija de la universidad pública, pero esa luz se vuelve opaca cuando mira hacia el edificio mudo de la Casa Rosada. Doctora en Ciencias Sociales y docente de la carrera de Sociología de la UBA, Pilar se prepara frente a un pizarrón portátil a pasitos de la Pirámide de Mayo para dictar Historia del Conocimiento Sociológico II. Cobra una miseria que le paga un gobierno miserable: un ayudante de primera percibe apenas $ 228.095 de bolsillo, una burla en un país donde los precios (como los ministros) viajan en jet privado y los sueldos van en carreta. Mientras acomoda sus apuntes sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo, Pilar resume la asfixia de una época: “Tan solo pisar la facultad te cambia la vida, pero hoy nos empujan a una educación mercantilista y elitista. Es de terror”.
Bajo el cielo nacarado del viernes que parece ignorar la violencia del ajuste, la Plaza de Mayo se transforma en un gigantesco centro de estudios al aire libre. Es la universidad de la calle dando cátedra; una respuesta de saberes y libros frente al incumplimiento sistemático del financiamiento educativo por parte de un Ejecutivo oscurantista y negacionista. El conflicto, que ya recorrió el espinel judicial hasta que la Cámara Contencioso Administrativo Federal le recordó al presidente que no puede ignorar una ley del Congreso, estalló en el ágora política de la Argentina para denunciar que el futuro está de remate.

Foto: Nicolás G. Recoaro

Foto: Nicolás G. Recoaro
A pocos metros de la socióloga, Laura Estrada despliega una caja de herramientas. Es profesora del Departamento de Física de Exactas y madre de una estudiante del Nacional de Buenos Aires. Dicta Electromagnetismo y Ondas. Trajo lentes, láseres y cables de fibra óptica para hablar de las cualidades de la luz, una metáfora involuntaria en este presente de sombras. Es una de las tantas científicas que apostó por el país: volvió en 2013 desde California bajo las políticas de repatriación. Raíces. “Sentía que tenía que devolver lo que la universidad pública me dio”, cuenta con una voz que mezcla la nostalgia con la bronca. “Hoy nos expulsan de nuevo. La carrera científica requiere inversión y largo plazo; el Gobierno quiere el negocio inmediato”. Y denuncia la fuga de cerebros que ya se siente en los laboratorios.
Pablo Perazzi, antropólogo y secretario general del sindicato Feduba, camina entre los pizarrones con el aire de quien conoce las estructuras profundas del conflicto: “Estamos a la intemperie a la que nos empuja Milei”. Para Perazzi, la geografía de la protesta no es azarosa: es el corazón político interpelando a un gobierno que habla de “cumplir la ley” pero ignora la norma de Financiamiento Universitario vigente hace 171 días: “Educación Cívica y Ética deberían recursar”. Antes de la Plaza de Mayo, un grupo de docentes y alumnos había intentado dar clases frente al departamento (rodeado de seguridad) del deslomado jefe de Gabinete Manuel Adorni, a quien le aparecen propiedades y viajes como regalo divino. Pero en la universidad no entra la fe, entran la razón y los datos. Perazzi señala que el desfasaje salarial ya equivale al 50% de los ingresos en el último semestre. Es una antropología de la carencia, donde los trabajadores del conocimiento son empujados por debajo de la línea de la pobreza.

Foto: Nicolás G. Recoaro

Elián Zamora estudia Filosofía en Puan: “Al ministro de Economía le diría que lea mejor a Maquiavelo –suelta el pibe–. Hablan de El Príncipe como si fuera un posteo de redes, un ‘el fin justifica los medios’ vacío”. Elián se pregunta qué dirían Kant o Rousseau ante este bastardeo del concepto de libertad. Pero su angustia es más material que metafísica: cobra una beca Progresar de apenas $ 35 mil. “No me alcanza ni para los apuntes. Tuve que comprar el Leviatán de Hobbes y me salió 40 lucas. No llega ni a cubrir un libro”.
Frente a la valla que custodia la Casa Rosada, Florencia Fernández escribe en su pizarrón: «Análisis avanzado». Es matemática de Exactas y jefa de trabajos prácticos. En su pecho cuelga un cartel que es un grito de desesperado: “De remate”. Debajo, detalla su sueldo: 235 mil pesos. “Desde el año pasado tuve que sumar mil horas en privadas. Laburo 12 horas por día y llego a casa después de la cena. No veo a mis hijos”, se lamenta. Y acota sobre los números: “Milei se olvida que los gráficos que muestra son personas”. Florencia comienza su clase sobre teoría de conjuntos. A pocos metros, los carros hidrantes y el uniforme azul de los Federales arman un encuadre violento. Los policías miran extrañados los diagramas matemáticos y las funciones.
Hay también una clase magistral de Alberto Kornblihtt. El biólogo molecular recuerda a Sarmiento y a las Madres de Plaza de Mayo. A 60 años de La noche de los bastones largos, el asfalto vuelve a ser el refugio de la inteligencia frente al sablazo presupuestario. Un estudiante levanta un cartel pintado a mano: “La universidad pública enseña, resiste y sueña”.

Foto: Nicolás G. Recoaro